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martes, 12 de agosto de 2008

SUEÑO AMERICANO por Josué Santiago de la Cruz


(Qué genial es regresar de vacaciones y encontrarme cuentos vuestros en mi mail. Este me parece limpio y afilado. Gracias y bienvenidos de nuevo.)


Jacinto cruzó el río y un desierto. Sufrió hambre y frío. Sobrevivió a la mordedura de una víbora y de pura suerte esquivó una bala que le disparó un oficial fronterizo la noche que pisó territorio estadounidense. Sólo lo animaba el anhelo de alcanzar el Sueño Americano. 
Era ya de madrugada y no traía equipaje. Todo lo perdió en las veredas, hasta a sus acompañantes, comidos por la fatiga, la noche y el olvido.
—Cuando llegues a la carretera —le dijo el abuelo—, sigue caminando y no pienses en volver.
Las luces de la ciudad y el ruido urbano se le metieron en los ojos y cuando quiso regresar había olvidado el camino.

martes, 29 de julio de 2008

MIEDOSO por Flora Isela Chacón


(Dos historias que me llegan desde el otro lado del Atlántico, lo que me encanta. Las dos sobre temas universales y llenas de intención. Que las disfrutéis).

Camino lentamente. No quiero llegar. Me falta el aire. No puede ser tan malo, me repito una y otra vez. Procuro ni mirarla. El sólo pensarla me da escalofríos. No imagino qué será después.
Ella está desnuda. Me mira. Sé que está enojada. Su cara se transforma y yo quiero huir. Si tan sólo lo hubiera pensado más. La gente susurra. No se quiere ir. El circo es tan cómico como triste este minuto.
Al fin llego. Digo que sí aunque quiero decir que nunca. Ella me mira otra vez. Se voltea. Ahora está vestida. Ahora está cercana. Ahora sé que esta era mi suerte desde siempre. Y que sólo es de nuevo, la misma pesadilla de casarme en una iglesia.

miércoles, 25 de junio de 2008

¿Van a tomar postre? por Maximus


(Un texto juguetón y sugerente, perfecto para estos sofocones veraniegos)

El camarero dejó la carta de postres en la mesa de Juan y Greta.

- “Yo estoy llena”, dijo Greta mirando los precios.
- “Yo sí quiero postre”, contestó Juan, que cerró la carta sin mirarla cuando su amiga se la ofreció.
- “¿Ya sabes lo que vas a tomar, que no tienes ni que mirar?”
- “Es que no viene en la carta…”
- “Ah, ¿no? ¿…Y qué postre es?”

Juan no dejaba de mirarla y Greta empezó a ponerse roja. Su nuevo amigo, al que había conocido hacía un par de semanas, había mantenido la compostura durante toda la comida. Pero después de un plato de pasta y dos copas de vino invadió el otro extremo de la mesa. Juan abandonó su silla y se sentó junto a su invitada en el sofá negro de aquel restaurante italiano.

- “Bueno, a ver, déjame que mire la carta…” Juan la abrió por la última página y la orientó hacia ambos, como si tuviesen que decidir juntos. “Tiramisú, mousse de chocolate… ¿esto que huele tan bien es el limoncello?”
- “¿A qué huele?”
- “Ah, no, eres tú. Perdona, sigo. Profiteroles, copa Windsor…”
- “¿Copa Windsor? Suena a trofeo de tenis…”
- “Sí, es verdad… ‘Y el campeón de la Copa Windsor 2008 es… ¡Roger Federer!’”
- “Hey, ¿por qué Federer? ¿No puede ser Rafa Nadal?”
- “Bueno, como quieras… Tú eliges al ganador de la Copa Windsor pero yo elijo el postre”
- “…Me parece bien”

Juan cerró la carta y llamó al camarero.

- “¿Van a tomar postre?”, dijo con educado acento italiano.
- “Confío en que sí. Pero usted de momento tráiganos la cuenta”

martes, 24 de junio de 2008

ESTRELLA por David Muñoz

(Otra aportación con ese sello "sádico" que empieza a caracterizarnos.)


El tipo que no era su padre,pero que se esforzaba patéticamente por usurpar ese rol sólo porque dormía con su madre le dijo-tratándole como a un crio,según solía hacer-que pidiera un deseo a la vista de aquella perseida (el bobo la denominó "estrella fugaz").Y aunque Jaime le lanzó una displicente mirada de desprecio bien elocuente,él insistió:
-Pide un deseo,hombre.
Y Jaime pidió y rogó.Por ello,cuando a la mañana siguiente vio a sus tíos esperándole a la salida del cole con la faz demudada,no se sorprendió.

jueves, 19 de junio de 2008

DESVÍOS por Miriam Márquez


Desde siempre quiso ser escritora. 
Escribía cuentos ambiciosos, los podaba para adaptarlos a los concursos, los obligaba a viajar en sobre amarillos. 
A veces la llamaban porque había ganado. Se perfilaba los labios y salía al estrado. Cuando miraba desde arriba, el público le parecía una nube ruidosa. Esa misma noche apuntaba en su libreta otra convocatoria. Se dormía pensando en folios DIN4 mecanografiados a doble espacio por una sola cara.

Pasaron los años. Ya no cogía el teléfono al primer timbrazo. Los cuentos adelgazaron tanto que se tornaron novelas. Le compraron los derechos para una película de acción. Los periodistas se sabían su nombre. Tradujeron sus palabras al inglés, francés, italiano y muchas otras lenguas no romances. En su casa, en la vitrina, tenía uno en checo. Le fascinaba contemplar, bajo su foto, aquella líneas incomprensibles.

Tenía agente. Los labios se le fueron secando. Ya no se subía a cualquier estrado.

Un día comenzó a sentir angustia. Los personajes de su novela se contagiaron. Las tramas empezaron a simplificase. Las vueltas de tuerca se pasaron de rosca. La heroína se vio una arruga en el espejo, el galán empezó a hacerse preguntas. Los malos se pusieron a tener remordimientos. Los buenos se deprimieron.

Se pasó de caracteres. Le salieron dos volúmenes. La editorial se quedó perpleja. La actriz de moda que iba a protagonizar la secuela se entusiasmó. Empezó a ensayar ese gesto entre la soledad y el miedo. El productor negó con la cabeza. El público no quiso cargar con aquel libro tan triste en el metro.


Ya no tenía agente. Ya no había ruido. Desde siempre quiso ser escritora.


TROFEOS por Miriam Márquez


-"Un país de contrastes... Un reencuentro con uno mismo... Un lugar donde cuestionarse la vida...", recitaba el turista exhibiendo sus fotos del viaje. 
-¿Y sus gentes?,  le preguntaron. 
-¡Pobres ignorantes! ¡No se dejaban fotografiar!


DEFORMACIÓN PROFESIONAL por Miriam Márquez


Ahora que por fin había decidido suicidarse, la vida le resultaba bastante más tolerable. Hasta era capaz de mirar de frente la maldita foto: iluminación perfecta, composición certera e intensidad narrativa. La niña agonizando sobre el suelo agrietado. Más que una imagen era un atajo a la asfixia. 
Pero ahora que había decidido suicidarse, podía recordar sin remordimientos el momento: enfocó en sus ojos, abrió el ángulo y disparó varias veces. Calibró la perspectiva más dramática y el visor de la cámara le confirmó que la había encontrado. Se quedó varios minutos dando vueltas anonadado. No pensó nada más hasta después. 
Pero ahora, que era después, él había decidido suicidarse. Colocó los libros en las estanterías, afiló los lápices, bajó las persianas hasta la mitad y dejó flotando los visillos. Apagó las alarmas, no fueran a distraer la atención de la primera persona que entrara en la sala. Desconectó el teléfono y se afeitó. Sacó todas sus cámaras y fue haciendo añicos uno tras otro los objetivos sobre el parqué. Antes de subirse a la silla y anudar bien la soga, apagó la luz. Lo último que pensó, antes de dar la patada, es que la luz del amanecer entre los visillos dibujaría con su cuerpo un atractivo escorzo.