miércoles, 8 de abril de 2009

martes, 7 de abril de 2009

APOLÍNEO por Juanjo Santos


(Un cuento tan largo es este espacio no pega mucho pero, como dirían Los Ronaldos, lo sacamos "porque nos gusta y porque nos divierte")

Era un pequeño pueblo castellano, cercado por un horizonte ocre infinito, y amenazado por un cielo inabarcable. 
La misa dominical era uno de esos actos colectivos que daban sentido al respirar. La coartada para justificar la existencia. 
Así lo debía pensar el pueblo, que acudía a la cita de los domingos con puntualidad, devoción y ropa limpia. No faltaba ni Pedro, el loco del pueblo, que iba siempre embutido (ése es el término) en el vestido de novia de su difunta madre, ni Jesús, el alcalde, que pasaba más tiempo en la capital con su amante, que en el pueblo con su mujer, ni Nicasio, el lechero, que cada vez echaba más agua a la mezcla para ganar más pesetas.
Ni el cura, Apolíneo, faltaría más. Era ya anciano, y el único cura de la provincia. Por ello tenía que viajar a los pueblos, uno distinto por día, para dar la posibilidad de confesión, compañía a los más mayores y comida a los más desfavorecidos. Leía la palabra incluso a las bestias del campo. Era gracioso verle declamar las “Bienaventuranzas” a las lagartijas que huían endemoniadas entre las piedras. 
Y así giraba la rueda del molino, domingo a domingo, con la parroquia completando el aforo de la pequeña iglesia del pueblo. Hasta un domingo en el que Apolíneo no acudió a su fiel cita con los feligreses. Al parecer, tratando de cristianizar a una vaca satánica con las “Cartas de Filemón”, el malogrado cura recibió una tremenda coz en la boca que le dejó desfigurado, confuso y ciertamente mosqueado.
De aquella se recuperó, pero quedó ajada su voz, con la consecuencia de que toda frase emitida por sus cuerdas vocales quedara irreconocible.
Más por pena que por fé, la parroquia siguió yendo a misa, a pesar de que no entendían ni amén. El cura, aún consciente de que su mensaje llegaba hecho añicos, continuaba dando la homilía. En parte fiel a su cabezonería y en parte obligado por la ausencia de sustituto, hablaba al pueblo con la misma potencia, clarividencia y rotundidad, pero sin la misma respuesta de antaño.
La gente conocía las pausas tras cada oración, las respuestas a cada letanía, e intentaba ayudar a Apolíneo repitiendo la estructura de la misa como seres autómatas.
Con el tiempo, y poco a poco, dejaron de ir Pedro, luego Nicasio, y luego Jesús. 
Al cabo de dos años, tan sólo acudía ya María, la más vieja del pueblo, y Eugenio, el ermitaño, que solo salía de su campestre soledad para ir a iglesia. Así fue el final de la última misa del pueblo:
- Nbub mjnopdwb dbuibhs dhwduih-, Dijo Apolíneo.
- Y con su espíritu.- Respondieron María y Eugenio.
- BKIn BYG nkinmlb bub.- Los dos buenos cristianos interpretaron la pausa de Apolíneo como un punto. 
- Demos gracias al señor Dios.- Dijeron al unísono.
Apolíneo agachó la cabeza y rogó al Señor que les perdonara, porque María tenía buena intención al responder a su incomprensible frase aunque no la hubiera terminado. También pidió por Eugenio, el solitario y sordo ermitaño que recitaba de memoria las respuestas leyendo los labios de María.