martes 24 de noviembre de 2009
OUIJA por Miriam Márquez
RUIDO por Miriam Márquez
Volvió del trabajo algo inquieta. Se había enterado –¡tenía que ocurrir!- de que el amor puede acabarse. La tranquilicé con algo de Satie –más alto de lo normal-, después cantamos –sobre todo yo- Nina Simone a gritos, para acabar sudorosos en la cama donde le recité mi repertorio de versos antes y después, hasta que se durmió. Puse el despertador media hora antes que ella, pero no funcionó. Cuando me levanté, estaba sentada en la mesa de la cocina, muy quieta, con los ojos cerrados. La televisión estaba muda, la maldita calle tranquila, ni siquiera la vecina de arriba taconeaba como de costumbre. Alargué mi mano aprisa para encender la radio, pero me lo impidió. Hizo lo que más temía: me colocó la palma sobre su pecho donde reconocí, por primera vez sin comparsas, aquel viejo silencio.
LA CREMALLERA por Miriam Márquez
“Hagámoslo ahora”, interrumpió ella deslizando los dedos por esa cremallera suya tan bien amaestrada. Pero yo resistí –esta vez me había jurado que iba a llegar hasta el final- el impulso de tocarla y continué argumentando que nunca la había querido, como le había dicho tantas veces, bien encima de ella sudoroso, bien cubierto por los volantes arrugados de su falda. Y esta vez debió de sonar convincente porque la cremallera se puso a trepar hasta su tímida costura, y ella se giró, dejándome admirar por primera vez sus enaguas bien planchadas. Respiré hondo, aliviado, satisfecho. La agarré por detrás y devoré su cintura con mis dedos hasta alcanzar la cremallera. Se me resistió varios minutos. Quizás porque mis manos temblaban o quizás para hacerme creer –siempre he sido algo iluso- que era yo esta vez quien la bajaba.
lunes 12 de octubre de 2009
MALA CONCIENCIA por Miriam Márquez
lunes 31 de agosto de 2009
CLOROFILA por Miriam Márquez
jueves 20 de agosto de 2009
DESPUÉS por Miriam Márquez
ANÉCDOTA por Miriam Márquez
Con la cuenta, a la pareja le traen dos galletas de la suerte. “Aprecia la sinceridad como el mejor regalo”, pone en la de él. “Ya no te quiero”, se lee en la de ella. Los dos se ríen –ella, sobre todo, suelta grandes carcajadas-, y se marchan a trote acompasado dejando los papelitos arrugados junto al Chop Sui.
jueves 6 de agosto de 2009
EN LA FILMOTECA por Rafael Arias
Fue hace tiempo. En la Filmoteca.
Iba a ver una película del cineasta indio Satyajit Ray.
Sentado en mi butaca esperaba el inicio de la sesión leyendo un libro.
Delante de mi se sentó una joven india, con un vestido púrpura, una cinta rodeaba su cabeza, su negrísimo pelo estaba recogido en un recio moño.
Le acompañaba un joven latinoamericano, vestido con vaqueros, camiseta blanca. Con seguridad llevaría unos tenis por calzado.
Ella era mayor que él. Su conversación interrumpió mi lectura.
Ella llevaba la voz cantante:
-¿Has estado alguna vez aquí? -No.
-Yo suelo salir por Lavapiés. ¿y tú? -Yo suelo ir por Tribunal, y a veces por la Castellana.
-A mi me gusta la música alternativa. -A mí me gusta más el pop, lo que sale en los 40.
-Si quieres luego podemos tomar algo por Lavapiés, cerca de donde vivo. -Vale
-Estoy segura de que te va a gustar la peli. Es muy bonita, de mi tierra. -Nunca he visto una peli india.
Se apagaron las luces. Al encenderse, salieron tímidamente, con las manos entrelazadas, como si les venciera un poso de timidez.
Al día siguiente leía un libro, el mismo, sentado en la misma butaca, esperando que las luces se apagaran para ver otra película de Satyajit Ray.
Delante de mí, se sentó la chica de ayer.
Iba sola.
martes 4 de agosto de 2009
DE VUELTA
Después de estas largas vacaciones, estoy de vuelta. He creado con mucha ilusión una nueva bitácora Vocación Temeraria sobre temas periodísticos que se me van quedando en el tintero. Mañana regreso con mis micros y con los vuestros.
martes 23 de junio de 2009
AMANTES
Él queda con un cliente imaginario. Ella finge asistir a un taller literario inexistente. En la guantera del coche, él guarda un elixir de menta y un frasco de colonia. Ella, en el autobús, se pinta los labios de un rojo profundo, que luego difumina con el dorso de la mano, porque le da vergüenza. Se encuentran en la esquina acordada. Los nervios les confieren un cierto aire despistado y distante. Durante horas, merodean por jardines, callejuelas, portales... Casi sin querer, terminan frente a un hotel. El recepcionista, como cada jueves, finge no reconocer a esa pareja canosa que, toda ruborizada, le tiende un DNI.
