
“La convocatoria ha sido un éxito”, garabateaba un periodista en su libreta desde un balcón. No muy lejos, yo asomaba la cabeza sobre el tejado para ver discretamente el gentío. Descubrí a la bailarina del joyero, erguida orgullosa, sin girar, en la palma de la mano de un simpatizante. También al unicornio, que había abandonado su tiovivo por primera vez en treinta años. Me enterneció divisar, entonando consignas como locos, al muñeco del semáforo, a la chincheta del mapa y al globo de helio sin niño. A mi lado se posó el cuco fugitivo. A la hora en punto hizo ademán de cantar, pero se mordió la lengua y salió volando hacia Poniente. “Libertad”, gritaban los manifestantes, y se les inflamaba el pecho y las mejillas.
Confieso que durante un instante deseé yo también librarme de mis espolones de forja, probar estas alas inútiles de gallo viejo. Afortunadamente fue sólo un segundo. Después cambió el viento y me obligó a mirar en dirección contraria.
(La ilustración es obra del artista Antonio Mingote).